¿Qué fue lo que despertó en ti la pasión por el tatuaje y cómo recuerdas tus primeros pasos en este mundo? Siempre me gustó dibujar, desde chico. El papel se me quedaba corto, necesitaba algo más vivo, más real. El tatuaje apareció como esa forma de hacer que mis dibujos cobraran vida en la piel, que acompañaran a alguien toda la vida. Mis primeros pasos fueron muy humildes, como casi todos: máquinas baratas, mucha práctica, muchos errores… pero también la emoción de cada trazo. Era esa mezcla de nervios y adrenalina que me enganchó para siempre.
¿Cómo influyó tu experiencia viviendo y trabajando en España y Reino Unido en tu estilo artístico y en tu visión del tatuaje? España me dio la raíz, la pasión y ese toque más artístico y emocional. En Reino Unido descubrí otra forma de ver el tatuaje, más abierta, más multicultural, con gente que buscaba estilos distintos. Eso me abrió la mente, me hizo mezclar, y me enseñó a no quedarme en un solo camino. Creo que esa mezcla entre tradición y apertura internacional marcó mi estilo.
Tu especialidad es el realismo y el subrealismo, tanto en color como en blanco y negro. ¿Qué desafíos y ventajas encuentras en dominar estas técnicas? El desafío es brutal: no tienes margen de error. Si fallas un detalle, el ojo lo nota al instante. En el subrealismo pasa algo parecido: tienes que mantener cierta lógica, aunque estés deformando la realidad. La ventaja es que te permite jugar con emociones muy potentes. El realismo atrapa porque la gente reconoce lo que ve, y el subrealismo atrapa porque los hace pensar más allá. Es un lenguaje que puede ser muy directo o muy enigmático.
El tatuaje ha evolucionado mucho en los últimos años. ¿Cómo describirías la transformación del sector desde que comenzaste hasta hoy? Al principio era un mundo más cerrado, más underground. Ahora el tatuaje está en todas partes: en la moda, en la tele, en el arte contemporáneo. Se ha profesionalizado muchísimo, tanto en técnicas como en materiales. Hoy puedes encontrar tintas, agujas y máquinas de una calidad que antes ni soñábamos. Y la gente también cambió: ya no es solo “el tatuaje de borrachera” o algo marginal, ahora es arte en serio, un símbolo personal, hasta espiritual.
Mencionas que el aprendizaje constante es un aspecto clave en tu trayectoria. ¿Qué lecciones destacarías como las más importantes en tu camino profesional? La primera es la humildad: siempre hay algo que aprender, siempre alguien que sabe más en algún punto. La segunda, la paciencia: un tatuaje no es correr, es respirar y trabajar con calma. Y la tercera, la conexión humana: no tatúas piel, tatúas historias. Cuando entendí eso, mi forma de trabajar cambió para siempre.
En tu opinión, ¿qué diferencia a un tatuador que simplemente trabaja de uno que realmente deja huella artística? La diferencia está en el alma que le pones. Un tatuador puede ser correcto, hacer trabajos limpios y ya. Pero el que deja huella es el que logra transmitir algo, que convierte la idea del cliente en una pieza única, que respira. Es como la música: cualquiera puede tocar las notas, pero no todos transmiten emoción.
¿Cómo equilibras la creatividad personal con la necesidad de interpretar y materializar las ideas de tus clientes? Ahí está la magia: escuchar mucho, entender lo que el cliente quiere, y luego darle mi visión. No se trata de imponer ni de complacer al 100% sin filtro. Es un diálogo. Ellos traen su idea, yo la transformo, y juntos construimos algo que ni ellos imaginaban al principio. Ese equilibrio me mantiene motivado.
¿Qué metas o proyectos futuros tienes en mente para seguir expandiendo tu arte y tu marca personal? Quiero seguir viajando, haciendo guest spots en diferentes países, conectar con otros artistas y absorber nuevas influencias. También me interesa llevar mi arte más allá de la piel: ilustraciones, proyectos digitales, incluso libros. La idea es que mi marca personal no sea solo “un tatuador”, sino un creador que mueve emociones en distintos formatos